María Luisa Medellín
Monterrey, México (23 marzo 2014).- Aún con el sabor del triunfo de sus alumnos en un trío de concursos de piano nacionales e internacionales, en la mente de Natalia Tibets ya hay una lista de candidatos potenciales para desempeñar un magnífico papel en competencias y proyectos durante el resto del año.
“Ellos no lo saben todavía”, anticipa traviesa la maestra ucraniana de ojos verdes y cabello castaño alborotado, y suelta la carcajada.
En la sala de ensayos de la Facultad de Música de la UANL comparte que uno de sus retos cotidianos es pulir los diamantes que tiene por discípulos –en la Universidad y en clases privadas–, hasta hacer brillar todas sus facetas, sin estancarse en una zona de confort.
Muestra de ello es Luis Villa Roa, quien a sus 10 años ganó la presea dorada por su interpretación del Nocturno No. 20, de Chopin, en el Forte International Music Competition, celebrado en el prestigiado Carnegie Hall, de Nueva York, en febrero.
Días antes, alcanzó la primera posición en el segundo nivel del Séptimo Concurso Nacional de Jóvenes Pianistas Parnassós, y en diciembre, se trajo de la Ciudad de México el piano clavinova del primer lugar en la categoría de 7 a 10 años, en el Nacional Infantil de Piano Cedros UP-Yamaha.
En este último certamen, Óscar Rojas y Jorge Mata recibieron mención especial, y Jorge se llevó el galardón por la mejor interpretación de obra obligatoria, en la categoría de 11 a 14 años.
Eso no es todo. De los cuatro ensambles que Natalia preparó para el Nacional de Parnassós, tres ganaron el primer lugar, y otro obtuvo mención honorífica.
Sin contar con que alumnos, como el mismo Jorge Mata, María Fernanda Hernández, Alejandro de la Garza, Aarón Martínez y Gerardo Garza, ya han destacado en Nueva York, y por sus poderosas interpretaciones ella recibió la presea Best Teacher Award Carnegie Hall 2011.
VOCACIÓN TEMPRANA
Nina apostó todo para que su hija Natalia fuera pianista. Con muchísimos sacrificios envió dinero a unos tíos de Bielorrusia para que adquirieran un piano y se lo mandaran a su departamento, en Severodonetsk, una pequeña ciudad al oriente de Ucrania.
En cuanto pudieron acomodarlo, la niña se sentó en el banquillo y hundiendo sus dedos sobre las teclas empezó a cantar una canción aprendida en el kínder. De repente, se detuvo; los sonidos no concordaban con la melodía.
Con inocencia, le preguntó a su mamá por qué no salía del instrumento la pieza que ella entonaba.
“Hijita”, me dijo riéndose, “deberán pasar muchos años hasta que el piano toque la canción que tú cantas”, recuerda divertida Natalia, quien vino a radicar a Monterrey hace 19 años, y desde entonces es parte de la planta docente de la Facultad de Música de la Máxima Casa de Estudios.
“Mi vocación se la debo a mi mamá. Ella soñó con ser pianista, pero crecer entre las carencias y la Segunda Guerra Mundial se lo impidieron, aunque tenía mucha sensibilidad musical. Me contaba que cuando yo tenía 2 o 3 años me oyó cantar con afinación perfecta una canción de adultos que había escuchado en esos discos de vinil, y se dio cuenta de que tenía muy buen oído y facilidad para la música”.
Sin embargo, a su padre, Vladimir Zhijarev, le disgustó que su esposa derrochara en un lujo que quién sabe si la niña aprovecharía, mientras que en el hogar las necesidades eran otras.
Nina argumentaba que lo demás podía esperar, en tanto que la preparación de Natalia, no.
Se refería a que en Rusia la educación musical para aspirar a un nivel profesional comenzaba a más tardar a los 7 años (ahora es a los 5 o 6), previo a un severo examen de admisión, en el que se valoraba el sentido rítmico, la motricidad, el oído y hasta la forma de las manos, según el instrumento a interpretar.
“Ésos eran los requisitos para una escuela de nivel elemental, de Gobierno, y no aceptaban a todos”, subraya Natalia, en un español fluido, con leve acento de su lengua natal.
Por ello, aún le asombra la seguridad con la que su mamá llegó ante el director del plantel, confiándole que ya había comprado piano para su hija, apenas aquél le dio la fecha del examen.
“Me imagino que él la vio como una mujer con cierta locura. Me contaba que le preguntó: ‘¿Cómo usted se atrevió a invertir tanto, sin saber si la niña tiene talento?’, y ella respondió: ‘Yo sé que mi hija lo tiene’”.
Antes de la prueba, Natalia asistió a clases particulares, y la admitieron en el Colegio de Música Severodonetsk, donde cursó hasta licenciatura.
Posteriormente, concluyó con honores la maestría y el posgrado en el Conservatorio Estatal de Astrakhan, Rusia, con las especialidades de concertista, solista de música de cámara, maestra y acompañante; 17 años en total.
“Conmigo, mi mamá cumplió su sueño de ser pianista. Éramos dos afortunadas porque ése era mi sueño también. Cuando yo estaba en primer grado de elemental, ella entró a clases de piano después de su trabajo para apoyarme en mis tareas. En ese momento yo tenía un hermanito recién nacido, Oleg, y ella se las ingeniaba para cumplir con sus labores.
“Si yo tenía exámenes, pedía permiso en su trabajo. Me llevaba media hora antes, buscaba un cubículo para que calentara los dedos. Yo entraba a la sala y ella estaba escuchándome abriendo tantitito la puerta”, detalla moviendo sus manos grandes, de largos y fuertes dedos.
DE UCRANIA A MONTERREY
Natalia impartió cátedra en el nivel de licenciatura del Colegio de Música de Grodno, Bielorrusia, de 1982 a 1994, y algunos de sus alumnos triunfaron en concursos nacionales.
Las fronteras se abrieron con la Perestroika y los intercambios culturales, estudiantiles y laborales se multiplicaron por la fama mundial de la educación musical rusa.
En ese tiempo, su amistad con colegas extranjeros la impulsó a establecerse en Monterrey en 1995, con su pequeña hija, aunque prefiere no ahondar en el capítulo de su vida familiar.
Sólo menciona que esa niña es ahora una joven dedicada a una carrera profesional muy distinta a las artes.
Enseguida cuenta que al llegar aquí le impresionaron las montañas, el tráfico y las distancias. A diferencia de Severodonetsk, con una rica tradición musical, el panorama cultural le pareció árido.
Faltaba poco para Navidad y, ella, acostumbrada a las nevadas de su país, sentía calor –lo peor fue en primavera. Recuerda que la invitaron a una posada y se sorprendió con aquellos trozos de masa envueltos en hojas, llamados tamales, que le fascinaron, al igual que la calidez de la gente, por lo que en el 2004 obtuvo la nacionalidad mexicana.
Sin embargo, cuando le es posible invita a sus amigos rusos, algunos también maestros de música, y prepara platillos típicos como el kulish –un pastel de Pascua– y un queso tradicional, además de adornar huevos con papel celofán especial del que su mamá, quien falleció hace dos años y medio, le dejó una vasta dotación.
SU IDIOMA: LA MÚSICA
Una de las primeras alumnas de Natalia fue Claudia Macías, quien platica que la maestra casi no hablaba español, pero se hacía entender.
Cargaba con un diccionario o se comunicaba en italiano, el idioma de buena parte de la terminología musical.
“Tarareaba o tocaba y nosotros tratábamos de seguirla. De algún modo nos hacía comprender lo que quería, y después de un semestre ya sabía español. Era y es muy exigente, pero fuera del salón es como una segunda madre para sus alumnos.
“Es una pedagoga del piano, hace tocar hasta las piedras”, ríe Claudia, hoy coordinadora académica de iniciación musical en la Facultad de Música de la UANL.
Natalia considera que comenzó a saborear los frutos de su trabajo a partir del año 2000, ya que en sus inicios tuvo que luchar para que los estudiantes se comprometieran al máximo, hasta descubrir la senda más efectiva para desarrollarlos.
“Me he enfocado en conocer la personalidad, los talentos y hasta la forma de las manos de cada quien, para determinar con qué obras logran expresarse a plenitud, quiénes reaccionan al instante bajo presión, y quiénes se desmoronan con este método y precisan de un apapacho, de otro tipo de motivación”, explica la pianista, quien participa con la Orquesta Sinfónica de la UANL y la Orquesta de Cámara de la Facultad de Música.
Agrega que algunos niños y jóvenes desconocían hasta qué nivel eran capaces de llegar, pero su intervención en competencias nacionales e internacionales, así como incentivos de becas y estancias en otros países, les han dado otra perspectiva, y ahora son ellos quienes buscan nuevos retos.
“Tuve alumnos que pensaban dedicarse a otra carrera, y combinarla con el piano, pero cambiaron de opinión después de hacer maestrías en Estados Unidos u otros países. Han regresado para seguir en la música, formando nuevas generaciones”.
Le enorgullece que más de 20 discípulos suyos han ganado concursos nacionales e internacionales, en los que el factor psicológico ha sido esencial.
“La primera vez que algunos de mis alumnos compitieron en el Carnegie Hall se intimidaron por el espacio. Yo les dije: ¡Les tengo tanta envidia! Hubiera dado todo para estar ahora en su lugar, y salieron como poetas del piano. Fue un gran regalo para mí”.
En esa ocasión, Alejandro de la Garza ganó medalla de oro y el primer lugar en la categoría de adultos, y cuenta que antes de entrar al escenario su maestra le advirtió: “Acuérdate que los jurados son personas que sienten, como tú y yo; lo importante es lo que les transmitas con tu interpretación”. Entonces, continúa, sintió que tocó con más libertad.
“Ella detecta las capacidades de cada quien y lo que necesita pulir, y meses antes de una competencia dedica todo su tiempo para que quien vaya a concursar, brille”.
Aarón Martínez tenía 13 años cuando inició sus clases con Natalia y afirma que así como es de estricta en lo académico, en su trato es maternal.
“Siempre quiere que estudies, que te esfuerces más, pero si te ve enfermo te pregunta si estás tomando medicina, y se preocupa.
“Antes de salir a tocar te pide que le demuestres que la música es la vocación de tu vida”, cuenta este joven casi veinteañero, quien ha ganado varios concursos nacionales e internacionales, así como una beca para estudiar en Milán.
Una colega de Natalia, Svetlana Pyrkova, refiere que la maestra tiene múltiples publicaciones por los logros de sus alumnos, y es una representante de la escuela soviética pianística en todos los sentidos.
“Refleja su alto nivel en su quehacer diario, es una de las personas que vive la música, que se alimenta de ella, y ha ganado respeto en el ámbito profesional, ya que la invitan como jurado a eventos dentro y fuera del país”.
Ella forma parte del consejo directivo del Forte International Music Competition and Festivals, en Nueva York, desde su fundación.
Para Natalia, el que sus alumnos atraigan miradas en escenarios internacionales o que por la calidad de su ejecución ya los llamen “Los temibles de Monterrey” le da la certeza de que la escuela pianística regia puede crecer y abonar en un semillero de nuevos y grandes talentos.